martes, 8 de abril de 2014

LA LIBERACIÓN DE LAS ANTENAS

Se anuncia que las compañías de telefonía van a tener más facilidades para instalar sus antenas y repetidores en las azoteas, y que se les va a liberar de las trabas que en la actualidad tienen por parte de los ayuntamientos, para que solamente tengan que rendir cuentas ante la Administración Central. Esta doctrina puede traer enfrentamientos, pero si se extiende a otros ámbitos de las telecomunicaciones, puede solucionar algún que otro problema con muchos años de vigencia.
 En España existen miles de estaciones emisoras de voz, e incluso de datos, que no pertenecen ni a Radio Nacional, ni a la SER, ni a la COPE ni a Onda Cero. Llevan compartiendo con estas emisoras "grandes" el espacio radioeléctrico desde mucho antes que se fundara Radio Nacional, por poner un ejemplo, pues pertenecen a una manera de hacer radio que está ahí desde la misma época de Marconi.
 Son los radioaficionados, estaciones de las que solamente se habla cuando hay problemas y los otros medios de comunicación, como el teléfono, la internet y similares quedan inútiles al llegar una inundación, terremoto, atentado o corte de suministro eléctrico. Han sido colaboradores históricos, entre otros, de la Cruz Roja. Pero están ahí también cuando no hay catástrofes, haciendo a diario una silenciosa labor de científicos amateur, de la que han venido gran parte de los avances tecnológicos que luego ha disfrutado el común de la sociedad. Igual que muchos cometas no han sido descubiertos por gigantescos telescopios al servicio de estados o universidades, sino por modestos escrutadores del cosmos con sus instalaciones modestas, en los años 80 los radioaficionados ya experimentaban con técnicas de transmisión digital que ahora pueblan infinidad de dispositivos en nuestras casas.
 La relación de los radioaficionados con la administración central del Estado no ha sido que se diga muy problemática. En España los titulares de las estaciones pagan sus licencias y el Estado les ofrece ciertas garantías para emitir y experimentar. Los problemas han venido básicamente de dos sitios: de los municipios y de la propia ignorancia del pueblo español en materias científico-técnicas, circunstancias amplificadas por esa peculiar institución sociológica que son las comunidades de vecinos. Cuando un operador de estación de radioaficionado obtiene su licencia, el Estado le da permiso para instalar en la azotea sus antenas. Pero ese permiso acaba siendo muchas veces un mero papel teórico, cuando llegan las trabas de algunos municipios que se han tomado sus atribuciones con demasiado celo. Incluso, si el radioaficionado consigue levantar sus antenas, sin interferencia municipal, le espera un calvario de "enteradillos" entre sus vecinos que le harán la vida imposible echando la culpa al "chiflado ese de la radio" de cualquier avería eléctrica o ruido raro que aparezca en los electrodomésticos de las demás viviendas.
 Gran parte de este problema viene, como decimos, del desconocimiento. El españolito de a pie, que ya de por sí recibe una educación muy recortada y muy simplona, está además influido por el sensacionalismo de las televisiones, que dan una visión distorsionada de la radioafición, y para colmo tenemos lo que podríamos denominar el nacional-ecologismo, que tiende a ver cualquier cosa que suene a emisiones, radiofrecuencia, etc... como una fuente de potenciales enfermedades, situación que se contradice con la enorme difusión que dan esas televisiones y esos colectivos más-verdes-que-nadie a infinidad de brujos, curanderos y supercherías pseudocientíficas con las que afirman poder curar dichas enfermedades. En la era del culto ciego a las redes sociales, el radioaficionado es también visto por muchos no ya como un "loco" (como pasaba antes) sino como vestigio de un mundo "anticuado" y que además genera "contaminación" radioeléctrica. ¿Para qué se molesta el pirado este en poner una antena para hablar con otro si eso lo hago yo todos los días con el Facebook? 
 ¿Libertad para las antenas en las azoteas? ¡Sí, por favor! Pero para todas las antenas. Que no vaya a pasar como con otros tantos temas, que las grandes corporaciones transnacionales tengan carta blanca para gozar de las bendiciones del poder y los pequeños y medianos poseedores de pedazos de la tarta radioeléctrica se vean asediados por infinidad de zancadillas. La radioafición es un termómetro del estado de salud democrática de los países, solo hay que ver el listado de naciones donde se la prohibe o restringe más: aquellas donde imperan vestigios del estalinismo rancio, catetadas islámicas o mezclas de ambas cosas. Los británicos, alemanes, norteamericanos y franceses cuidan a sus radioaficionados. Actuemos en eso también como un país de primera clase.

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