07 octubre 2012

CUANDO ME HICE RADIOAFICIONADO...POR J. MARCHANT

Corrían los años 90 y mi bitácora ya contaba con centenares de amigos a lo largo de Chile y el extranjero. Nos comunicábamos por la banda ciudadana (de siglas CB) o “banda de 11 metros” para los más técnicos. Si, las mismas radios que utilizaban para comunicarse en la conocida serie ochentera “Los Dukes de Hazzard” y que hasta hoy podemos encontrar en muchos radiotaxis y camiones o “carga pesada” como se hacen llamar en el lenguaje radial.
El motivo inspirador de los radioaficionados ha sido siempre ayudar a través de las comunicaciones, pero todo debe tener su orden y organización. El problema aparece cuando la organización pierde su esencia y queda en manos de unos pocos.
A través de la banda ciudadana me tocó escuchar desde las más increíbles hazañas de ayuda anónima hasta largas conversaciones de señoras que aconsejaban a jóvenes de mi edad como si fueran sus propios hijos. Todos nos queríamos, nos ayudábamos y estoy seguro que muchos pasaron de curso gracias a la ayuda de improvisados profesores invisibles que desde el otro lado del mike (micrófono) aclaraban con paciencia las dudas de un adolescente aproblemado con los números.
Pero como suele suceder en nuestro país, también hay de los que “reman para el otro lado”. Personajes que interrumpían la frecuencia para decir groserías o que se apoderaban de un canal para pololear mientras el resto tratábamos por todos los medios de explicarles que necesitábamos silencio para escuchar a un perdido bote pesquero que desesperado nos solicitaba ayuda desde las australes aguas de nuestro mar.
Ese día sólo éramos 2 las afortunadas estaciones que por un curioso rebote de señales intentábamos completar la patente de este pequeño barco pesquero a la deriva. Pero no fue posible. “La frecuencia es de todos”, “la frecuencia es pública coleguita” me gritaba por el micrófono un colega que insistía en llamar a su polola una y otra vez. Hasta que ni yo, la estación “Presto”, y otro colega con una antena direccional, fuimos capaces de seguir recepcionando los lejanos pedidos de ayuda de la embarcación.
Fue ahí cuando decidí dar el examen para convertirme en un radioaficionado con licencia, y así poder tener acceso a otras bandas más potentes, controladas y ordenadas. Pero lamentablemente me encontré con un submundo, una secta, otra ridícula clase a la que a los chilenos nos encanta pertenecer. Un lugar donde para pertenecer debes, si no tener conexiones,  ser un ávido matemático y físico de las ondas radiales para poder responder un sin número de preguntas que desafían a cualquier prueba específica de la PSU. Junto a ella, era necesario decodificar por lo menos 5 palabras por minuto en código morse (hoy ya no es necesario saber morse …un avance), etc. Todos requisitos que hoy no habrían hecho diferencia alguna para que cientos de radioaficionados con verdadera vocación de servicio, hubieran podido llevar tranquilidad a multiples familias haciendo lo que mejor sabemos hacer; comunicación, y no elevados cálculos matemáticos que permiten que sólo un puñado de burócratas sin espíritu social, reciten a cada instante sus “señales distintivas” para sentirse orgullosos de sus altas ginetas como radioaficionados, las cuales demostraron en este terremoto no servir de nada, sólo para replantearnos si la vocación de nuestros futuros radioaficionados debe ser matemática o comunicacional.

Javier Marchant Díaz
Publicista


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por seguir mi blog. Atenderé tu comentario lo antes posible. Saludos, EB1HYS.