Corrían los años 90 y mi bitácora ya contaba con centenares de amigos
a lo largo de Chile y el extranjero. Nos comunicábamos por la banda
ciudadana (de siglas CB) o “banda de 11 metros” para los más técnicos.
Si, las mismas radios que utilizaban para comunicarse en la conocida
serie ochentera “Los Dukes de Hazzard” y que hasta hoy podemos encontrar
en muchos radiotaxis y camiones o “carga pesada” como se hacen llamar
en el lenguaje radial.
El motivo inspirador de los
radioaficionados ha sido siempre ayudar a través de las comunicaciones,
pero todo debe tener su orden y organización. El problema aparece cuando
la organización pierde su esencia y queda en manos de unos pocos.
A
través de la banda ciudadana me tocó escuchar desde las más increíbles
hazañas de ayuda anónima hasta largas conversaciones de señoras que
aconsejaban a jóvenes de mi edad como si fueran sus propios hijos. Todos
nos queríamos, nos ayudábamos y estoy seguro que muchos pasaron de
curso gracias a la ayuda de improvisados profesores invisibles que desde
el otro lado del mike (micrófono) aclaraban con paciencia las dudas de
un adolescente aproblemado con los números.
Pero como suele
suceder en nuestro país, también hay de los que “reman para el otro
lado”. Personajes que interrumpían la frecuencia para decir groserías o
que se apoderaban de un canal para pololear mientras el resto tratábamos
por todos los medios de explicarles que necesitábamos silencio para
escuchar a un perdido bote pesquero que desesperado nos solicitaba ayuda
desde las australes aguas de nuestro mar.
Ese día sólo éramos 2
las afortunadas estaciones que por un curioso rebote de señales
intentábamos completar la patente de este pequeño barco pesquero a la
deriva. Pero no fue posible. “La frecuencia es de todos”, “la frecuencia
es pública coleguita” me gritaba por el micrófono un colega que
insistía en llamar a su polola una y otra vez. Hasta que ni yo, la
estación “Presto”, y otro colega con una antena direccional, fuimos
capaces de seguir recepcionando los lejanos pedidos de ayuda de la
embarcación.
Fue ahí cuando decidí dar el examen para convertirme
en un radioaficionado con licencia, y así poder tener acceso a otras
bandas más potentes, controladas y ordenadas. Pero lamentablemente me
encontré con un submundo, una secta, otra ridícula clase a la que a los
chilenos nos encanta pertenecer. Un lugar donde para pertenecer debes,
si no tener conexiones, ser un ávido matemático y físico de las ondas
radiales para poder responder un sin número de preguntas que desafían a
cualquier prueba específica de la PSU. Junto a ella, era necesario
decodificar por lo menos 5 palabras por minuto en código morse (hoy ya
no es necesario saber morse …un avance), etc. Todos requisitos que hoy
no habrían hecho diferencia alguna para que cientos de radioaficionados
con verdadera vocación de servicio, hubieran podido llevar tranquilidad a
multiples familias haciendo lo que mejor sabemos hacer; comunicación, y
no elevados cálculos matemáticos que permiten que sólo un puñado de
burócratas sin espíritu social, reciten a cada instante sus “señales
distintivas” para sentirse orgullosos de sus altas ginetas como
radioaficionados, las cuales demostraron en este terremoto no servir de
nada, sólo para replantearnos si la vocación de nuestros futuros
radioaficionados debe ser matemática o comunicacional.
Javier Marchant Díaz
Publicista
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