Los radioaficionados no dejaron de
existir pese a las nuevas tecnologías. Permanecen en alerta desde sus
estaciones de radio, siempre con un par de audífonos y un micrófono, tal
como solían hacerlo hace décadas.
El tiempo menguó la demanda de sus
servicios -que logró su auge entre los años 60 y 80- , pero ellos
perseveran en la transmisión de mensajes gratuitos, a través de radios
caseras que trascienden fronteras.
Por aquella época de oro había alrededor
de 1.800 radioaficionados bolivianos que, en algunos casos, informaban a
la sociedad sobre accidentes en provincias lejanas y, en otros, hacían
de nexo entre personas que vivían separadas y sin acceso a telefonía.
Cada quien instalaba radios y antenas en
sus domicilios, con una autorización especial de instituciones
gubernamentales, para cumplir un servicio humanitario sin remuneración,
que tenía una regla: se prohibía hablar de política, religión y de
cuestiones comerciales.
Sin horarios definidos, impulsados por
pura afición, las personas disponían de su tiempo libre para socorrer a
quien precisaba de comunicación a distancia o bien pasaban horas frente a
sus equipos contactando a sus colegas.
“Las personas sabían que para cualquier
emergencia debían buscar a un radioaficionado. Cuando veía una antena,
tocaban la puerta a cualquier hora y en cualquier día y el
radioaficionado debía atender sin negarse”, comenta Enrique Mendizábal,
radioaficionado desde hace tres décadas. El servicio que se brindaba
era impredecible y heterogéneo, y no estaba exento de algunas
interferencias en la comunicación.
Los mensajes eran diversos. Algunos, por
ejemplo, convocaban a médicos para dar instrucciones de parto, mientras
otros promocionaban los atractivos turísticos de Bolivia en contacto con
otros países.
Los que tenían familiares en el
extranjero podían comunicarse con éstos y no faltaban las mujeres que
solían usar el medio para intercambiar recetas de cocina. Más de alguna
pareja se conoció por radio y decidieron casarse aún sin haberse visto.
“Lo mismo pasa ahora con internet”, dice Boris Rodríguez, quien lleva 27 años en esta práctica.
En Bolivia, esta práctica empezó entre la
Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando se fabricaban radios a
partir de catálogos extranjeros. A finales del 38, llegaron aparatos
electrónicos que eran reciclados para usarlos como radios.
Después nacieron las primeras emisoras
comerciales en el país, como El Cóndor y Nacional, cuyos locutores
primero se dedicaron a la radiodifusión.
Estos aparatos caseros tenían rangos de
frecuencias que no interferían a señales de televisión, radios
comerciales, ni aviones. Estas características aún se siguen
manteniendo. En esas frecuencias la gente se puede comunicar sin
barreras idiomáticas, mediante un código internacional llamado código Q,
con el cual también los interlocutores se identifican mediante siglas
universales. Por ejemplo, CP-1 OTE es para los usuarios de Bolivia.
“Llegamos a todo el mundo. La única
condición es que la persona con quien quieres contactarte tenga equipo”,
explica Guido Sáenz, que se dedica a esto hace 23 años.
Después de tomar contacto con otros
países, las personas suelen enviarse, por correo normal, tarjetas “QSL”
de confirmación, que en uno de sus lados indica el nombre real del
radioaficionado, la marca y el tipo de antena que usó, con cuánto de
potencia emitió y con cuánto de potencia recibió el mensaje. Cada
tarjeta, explican los consultados, son guardadas como un trofeo que les
recuerda los lugares con los que pudieron contactarse en busca de
información, o sólo para hacer nuevas amistades.
Entre los radioaficionados también se
encuentran los “DX”, que se especializan en comunicación
“extra-frontera” y les interesa hablar con gente de lugares donde no
alcanza la telefonía, como el Polo Sur, la Antártida y Alaska.
Son cazadores de “tarjetas exóticas”,
como las de un jeque árabe que solía mandar ejemplares de oro. Para ello
deben regirse a horarios especiales que les permita coincidir con
personas al otro lado del mundo.
Mendizábal explica que se tiene un mapa
especial que les guía para dirigir la antena hacia el lugar que quieren
contactar, según el horario y la distancia de cada país.
El Radio Club La Paz, fundado en 1986,
cuenta con un centenar de miembros que persevera en este servicio,
aunque no con la misma intensidad de antaño. Es así que, en estos días,
su principal labor radica en el servicio de emergencia que pone en
alerta a radioaficionados de toda Bolivia, todos los días, de 20:00 a
21:00.
Ante el boom del internet y las redes
sociales, los radioaficionados no se quedan atrás. “Nos interesamos en
aprender sobre modos digitales sin quedarnos atrás. Seguimos
actualizándonos”, aclara Carlos Meave, quien tiene 28 años de servicio
en este campo.
Inquietos por avanzar al ritmo de la
tecnología, estos vanguardistas de la telecomunicación procuran
conservar el manejo tradicional de sus equipos, sin descuidar las nuevas
alternativas. Así pueden perpetuar su labor.
“No vamos a dejar de existir. Nuestra
pasión nos hará descubrir nuevas formas de transmisión que después las
industrias perfeccionarán”, asegura Javier Díaz, quien tiene 30 años de
experiencia.
La radioafición, aseveran, sigue siendo
una palanca muy importante para el apoyo social. Mientras haya una
antena sobre el techo de una casa, habrá comunicación radial aficionada
al servicio de quien así lo requiera.
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